Cuando te hablan o lees una crítica de una película de fuera del circulo americano o europeo, nos entra un cierto reparo para sentarnos a verla en nuestro sofá, porque ya sabeís que normalmente no se estrenan en los cines, tenga los premios que tenga. Pues esto dejo de pasarme hace tiempo. Este film producido entre Iranis e Irakis explota toda la grandeza y universalidad del cine.
Esta película te hace reflexionar sobre las injusticias que la guerra comete con las personas inocentes. Muestra la miseria absoluta que domina esa zona de la tierra y se muestra pesimista sobre el futuro, pues no parece encontrar ninguna solución posible al problema.
Bahman Ghobadi, el director, retrata con toda la crudeza este paradigma realista de lo que es la vida de un pueblo en perpetuo exilio en los albores del derrocamiento del régimen de Sadam Hussein por las tropas norteamericanas. Independientemente del posicionamiento político frente a la situación e historia reciente del pueblo kurdo, que lo hay, Ghobadi prefiere narrar las condiciones de vida de un grupo de chavales en un campo de refugiados, unos chavales que no son niños y que se comportan como adultos aunque tampoco lo sean. La crudeza de alguna de las historias de estos jóvenes es muchas veces desgarradora, sin que se haya escatimado en detalles. Pero todo parece justificado bajo ese triste halo de realismo, donde cabe poco lugar para la justicia poética. No obstante, el film tiene elementos que hacen posible su deglución. Son píldoras de sentido del humor, algunas historias de estos niños adultos que apelan a una infancia diferente o la belleza de muchos de sus planos.
Un chico mutilado, su hermana y un niño pequeño, llegan a una colonia de refugiados kurdos, en la frontera entre Irán y Turquía. Sus habitantes sobreviven recogiendo las minas antipersonas que siembran el lugar y viven pendientes del inicio de la guerra entre Iraq y Estados Unidos.

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